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martes, 28 de agosto de 2012

¿POR QUÉ NOS GUSTAN LAS COSAS QUE NOS GUSTAN?

¿POR QUÉ NOS GUSTAN LAS COSAS QUE NOS GUSTAN? Tras las presentaciones de tod@s l@s componentes del Café Filosófico: Sagrario, Carmen, Fran, Ángel, Carlos, Daniel Sara, Álvaro, María, Juan José, Marcos y yo, María, emprendimos el camino hacia la búsqueda de una respuesta desconocida en un primer momento, pero más visible según nos fuimos adentrando en la reflexión: ¿Por qué nos gustan las cosas que nos gustan? Primeramente, los ejemplos tomaron el protagonismo de la tertulia, dándonos a conocer un@s a otr@s diferentes gustos que nos atraían. Así, se dejaron entrever ciertas aficiones como la política, los paisajes naturales, la pintura o incluso la comunicación, entre otras. A simple vista, parecían éstos gustos totalmente dispares. No obstante, los cuatro ejemplos anteriores tienen algo en común, para ser más precisos, tres cosas en común, y es que quien aprecia un objeto, sea cual sea el mismo, éste le llama la atención, la atrae y, por consiguiente, le hace sentir bien. Pero el gusto va más allá del bienestar que nos transmite el objeto (o la persona, o la sensación…) ya que se planteó también el placer que se siente por lo desagradable (un paisaje de guerra), o por lo peligroso (la ascensión de un 8000)… sería algo así como un “me gusta porque no me gusta”, o mejor dicho, “porque me supera…” Lo sublime había tomado parte en el diálogo. Y cómo no, las emociones caminaban a su lado. Las ideas iban rompiendo diques, y la biblioteca se convirtió en un remolino de pensamientos, de opiniones, de experiencias compartidas… pero si había un sentimiento que realmente era compartido por tod@s, es que las emociones desafían la banalidad, de ahí la búsqueda de aquello que nos inspira belleza, porque ésta nos produce emociones. Ahora bien, todo cuadro tiene un pintor; toda comunicación tiene un interlocutor; toda obra arquitectónica, un arquitecto… ¿Es universal el gusto de quien lleva a cabo la obra? ¿Es la belleza objetiva? El sentimiento es el que marca la diferencia entre la objetividad y la subjetividad. La realidad de fuera siempre es la misma, pero la percepción interior de esa realidad en cad@ un@ puede variar, generando cada sujeto una imagen subjetiva. Aunque al hablar de la belleza física, la mayoría coincidieron en afirmar que existen ciertas características genéticas adquiridas, las cuales, al modo aristotélico, nos hacen apreciar la armonía, la simetría, el orden, más que algunos ejemplos de lo contrario como podría ser un hombre con un solo ojo, una mujer con una sola ceja o una habitación desprovista de ángulos rectos. De hecho, en la publicidad se pueden apreciar ciertos rasgos que embelesan a tod@s igualmente. En cierto modo, hay una serie de detalles inamovibles los cuales tiende a apreciar en mayor grado nuestra conciencia. Platón lo llamaría verdad; pero nada más contrario que esto nos inspira la publicidad, por lo que podríamos más bien valorar esos detalles como atracción armónica. En resumen, nos gustan las cosas que nos gustan porque, lejos de pertenecer a un rebaño, nos hacen sentir exclusiv@s (aunque sea dentro de un grupo), comprenderlas de una manera especial; y sobre todo, contemplarlas en un paréntesis de sentimientos y sensaciones que sólo esa obra, ese paisaje, esa actividad o esa persona son capaces de transmitirnos. El gusto no deja de ser, por tanto, una relación con lo creado, pero no por lo creado por el/a creador@, sino con esa percepción que se ha generado en la línea que separa la realidad de la fantasía exclusiva y experimentada por cada sujeto.

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